__________________________________________________________________________



28/5/2012

Testimonio de un adulto con S.A.





Primera parte.




Segunda parte.



El discurso:

Pensar en nuestro primer recuerdo es algo que a muchos de nosotros consterna y confunde. Hasta el punto en el cada vez que nos enfrentamos a este reto, en algunas ocasiones, podemos acabar en distintos lugares de nuestra mente. Para mi fortuna, y espero que para la de muchos como yo, esa sensación no tardó demasiado en esfumarse de mi mente y ser sustituida por una cristalina, hermosa y dorada colina de la sierra turolense.

Recuerdo como el trigo se mezclaba con los girasoles en la distancia. Desde el final de la ladera, podía ver como el cálido y seco viento de una tarde de verano, mecía lentamente las espigas.

En aquel momento, al unísono, mi cabello, dorado como el aceite de oliva, mis ojos, azules como el cielo que se confundía con la tierra en el horizonte y mi ropa, apenas ceñida a mi pequeño cuerpo, acompasaban la ululante brisa de poniente en sus constantes vaivenes.

A lo lejos, recuerdo que la voz de mi joven madre gritaba mi nombre, aun extraño y algo mal sonante hasta para mis propios oídos. A pesar de ello, la consciencia sobre mi mismo era ya lo suficientemente clara como para generar el primer recuerdo asociado a una mirada hacia mí propio yo.

Siempre suelo quedar sumido en un vacío inextricable, de insondable concentración, en la que únicamente la voz de mis propios pensamientos resuena como un eco infinito entre los muros de un valle ilimitadamente alto. En el que ni siquiera la luz alcanza a tocar su suelo a pesar de sus insistentes intentos.

De allí es donde se evoca el recuerdo de la primera consciencia. Del momento en el que un primer rayo de luz rebotó contra las intrincadas, laberínticas y puntiagudas paredes de mi mente. Y desafiando a la más absurda, minúscula y casi imperceptible probabilidad de llegar hasta mí, reflejándose de forma casi milagrosa contra los puntos exactos de la superficie de mi consciencia; invadida por aquella luz que parecía mágicamente alinearse de forma perfecta conmigo. Quedé cegado por la primera vez que me vi a mi mismo de forma completa.

Mis ojos se abrieron como si un bidón de colirio se hubiera derramado sobre ellos, aunque el polvoriento ambiente sobre los campos de trigo impregnaba de tierra la superficie de mis retinas, poblando de lágrimas mis pupilas. Mis párpados permanecían abiertos, forzados por la determinación de quien sabe a ciencia cierta que el camino se encuentra en la dirección que sus pensamientos le indican. Guiados unívocamente por la aplastante fuerza de una idea, un argumento, una verdad, alejada de toda falacia lógica.

En ese momento, las nubes corrían raudas sobre el cielo, las aves rapaces mecían sus halas con pulcritud sobre la enorme altura que mediaba entre nosotros, las espigas de trigo iban y venían enfurecidas por el golpe invisible del desértico viento de aquellas áridas tierras.

Y sin embargo, en medio de todo aquel acorde natural, de esa hermosa sinfonía de colores, espacios infinitos, insondables hasta para la más afinada mirada. Dentro de mi joven cráneo, encerrado entre una pared esférica de huesos y tendones, mi mente estaba muda, quieta, callada…esperando a que ese fragmento infinitesimalmente pequeño de tiempo, que se había congelado, que había prolongando su vida, hasta un punto en el que cada latido de mi corazón se eternizaba, concluyera.

Aquel instante seguía empujándome a mantener un silencioso y contradictoriamente atronador torrente de pensamientos.

No escuchaba nada…excepto un burbujeante e incontrolable manantial de ideas, que brotaban de mi aun apenas enmarañado cerebro, como brotan las aguas de un rio subterráneo, cuyas fuerzas han sido desatadas por un desafortunado minero, que sin darse cuenta de la energía que aguarda al otro lado, sigue picando ignorante de su fatal devenir.

Así me sentí exactamente, dominado por la magnificencia y espontaneidad de algo que no dominas, y que forma maravillosamente parte de ti mismo.

Como si buscando un simple momento de paz, silencio o aventura en el espacio de la realidad, este hubiera reventado en mil pedazos, inundando de ideas todo el pensamiento que hasta ese momento parecía vacío y árido. Como el infinito campo de girasoles que se alejaba de mí corriendo sobre la tierra, ondulando como un mar de pipas, de pequeñas estrellas vegetales mecidas por el viento.

Allí mire al primer rayo de sol que consiguió penetrar mi laberinto. Esa telaraña silenciosa, invisible, e inocua a los ojos de todos. Una película invisible que llevamos los que como yo, percibimos la vida bajo una lente que nadie puede ver.

Sentí que miré al mundo como el mundo quería ser mirado. Como un puzzle incalculablemente detallado, ilimitadamente enfermizo en su complejidad pero maravillosamente lógico, hermoso, cruel y despiadado.

Lleno de caos, y lógica. Combinados magistralmente para formar la obra suprema de la creación. Una realidad que bien pudiera sobrecoger a la mente más entrenada, audaz y capacitada de todas.

La maravilla de la existencia, de la vida, del viento, el calor, la mota de polvo que flota lentamente sobre la densidad del aire, el suave vaivén de las espigas de trigo en la distancia, el sonido de las cigarras frotando sus patas al abrasador sol de verano y sobre ellos, ocultos por una azulada película de cielo: “El cosmos”; impregnado de planetas, galaxias, estrellas, enormes e imprevisibles cataclismos, que devoran soles, vacío y vida allá donde no podemos escuchar sus gritos de auxilio.

Creando luz, donde antes solamente había oscuridad, y generando materia, que se unirá para formar moléculas, que se unirán para formar cadenas, que se unirán, combinarán y competirán vilmente para sobrevivir allí donde su entorno les conceda la oportunidad de existir. Hasta el punto que a lo lejos, donde ningún instrumento humano puede ver, imagino un alma consciente como yo, como tu, como nosotros, mirar al vacío, levantando su mente, allá donde la naturaleza haya decidido ubicarla en su cuerpo, y pensará, entre los girasoles de su espacio, el viento de su entorno y el cosmos que nos media…si hay una mirada chocando ahora con la suya.

Así me siento tantas veces cuando al bajar los ojos, con la mente, veo un mundo al que cada día más me convenzo de no pertenecer. Donde el ruido de los coches, el devenir de las personas corriendo como hormigas en un intrincado laberinto de comodidades, y las necesidades banales, vacuas, absurdas de hoy día contaminan literalmente la mirada entre esos dos seres.

Diferentes por todo lo que los define, pero asombrosamente iguales en su esencia ancestral. Esencia que los conecta más allá del espacio, el tiempo, las estrellas, el caos y los peligros que crecen entre ellos, pero separados infinitamente de los semejantes que a ambos rodean en sus respectivos mundos.

Esa es la perspectiva de un naufrago en un mundo que lo encierra, que lo condena a vivir cercado entre aquellos a los que su primer pensamiento permanece en silencio. ¡Enmudecido por las maravillas del hombre! Por los motivos incuestionables de la vida que se nos ha designado: nuestras ansias de posicionamiento social, nuestro miedo a la inferioridad y el dolor de sentirse solo…

Que sabrán ellos de la soledad…

Se sienten solos en un laberinto de neón, de trajes sintéticos, de coches de aluminio, de cine computacional, y cuerpos sexuados hasta lo cómico por la silicona, el botox y las hormonas taurinas.

Así, si no encuentran a un igual en una distancia tan diminuta, palidecen de miedo, el sudor se apodera de ellos, la mente se les nubla, si cabe un poco más, y las lágrimas brotan a borbotones incontrolablemente desde sus ojos.

Yo, me di cuenta aquella cálida tarde de verano que para mí la soledad no sería una sensación temporal. Que me motivara a buscar a quien calamara mis miedos, no se limitaría a desaparecer con sonreír alegremente a una preciosa chica durante mi adolescencia, ni moriría con abrazar a quien se comprometiera conmigo a darme cada noche con una calma inalienable su amor por mí.

La soledad sería mi forma de vida, de energía, de pensamiento y constitución durante el resto de mi existencia dentro de este mundo. La soledad estaría medida por la distancia que habría desde el niño que levanto la vista hacia el cielo y vio el vacío, la inmensidad y el mundo creado por la maravillosa fuerza del azar y la esperanza de que un alma a miles, millones, quizás miles de millones años atrás mirara hacia arriba pensando en un amigo con quien compartir esa abrumadora sensación.

De nuevo el vacío y la creación son dos caras de una misma moneda, que se combinan de forma cruelmente divertida para en ocasiones aparecer de una manera y otras, hacer acto de presencia con una actitud diametralmente opuesta.

El vacío no debería asustar a las personas, si no motivarlas a seguir adelante en una lucha constante, ilimitada pero no infinita contra nuestra propia necesidad de ser quien somos.

Algunos la llenan con cuentos maravillosos sobre divinidades que vienen en cada vez mas originales formas a la tierra para, a nosotros, nada más y nada menos, de entre todas las civilizaciones del universo, todas las formas de vida de la creación de esta tierra y de tantas otras…a decirnos que somos los elegidos de los creadores. Y que toda la estirpe de desamparados primates que nos han precedido, toda la genealogía de simios asustados que murieron atrapados por el fuego, devorados por las bestias, asesinados por otros como ellos en medio de un horrible dolor y desesperante miedo…no son más que un accidente que debemos negar para encajar dentro de los planes de amor e infinita hermandad de un creador que parece ser gasta mas energía un esfuerzo en justificarse, que en solucionar los problemas que hacen dudar de su existencia..

Otros deciden renegar de esa posibilidad, y negarlo todo en base al dolor que les provoca el vacío. A todo, excepto al placer que les aportan las sensaciones físicas de su propio cuerpo, y así dicen renegar del universo que les diseño para ser capaces de sentir lo que ellos llaman placer. Que les consume por dentro, como el veneno afrodisíaco de la mordedura de un bello vampiro, el cual  atonta a sus victimas haciéndoles creer que están sumidas en una hermosa y placentera aventura.

Cuando en realidad sus órganos están siendo digeridos y succionados bajo un inimaginable dolor anestesiado, antes de expirar finalmente.

Los vampiros en este mundo no existen, pero si hay quienes han decidido encarnarlos y darles forma bajo una piel de amistad, hermandad y vinculación con lo profundo de nosotros.

Y, en medio de ese tumulto, hay quienes directamente están tan ocupados en su supervivencia que se limitan a pasar por el mundo de la misma forma en la que un hongo existe bajo los pies del árbol que le da vida.

Luchando por una gota de agua, muriendo por un rayo de sol. Su existencia es en esta vida tan efímera como la de una mosca, y sin embargo tan trascendental para el funcionamiento de la maquinaria humana, que sin ellos todas las clases anteriores de personas no serían posibles.

Sin embargo, ¿ Los que miran al cielo están también condenados a no encontrarse los unos a los otros, porque su animadversión hacia lo humano es tan grande, que han perdido la esperanza de encontrar a alguien como ellos en medio de toda esta marea de absurdas existencias?

Y mientras aquellos que creen estar alejados por una distancia enorme, cuando no es más que una porción diminuta de la inmensidad ¿ Seguirán desesperados por su locura?.

Recuerdo como fue el momento de ese primer recuerdo, porque a veces he sentido como una voz a lo lejos, en lo alto del oscuro valle de mi mente, decía suavemente, mi nombre.


Testimonio de Federico Polo, adulto diagnosticado con el síndrome, que es formador tecnológico en la compañía telefónica, técnico analista informático y estudiante de física teórica,



1 comentario:

Anónimo dijo...

Creo que me he convertido en una especialista es Asperger.El problema radica en algunos casos en su ira incontenible, que no son capaces de controlar.
Sólo quieren salirse con la suya y a pesar de ser inteligentes, son incapaces de dejarse guiar.
Para los neurotípicos resulta muy difícil de entender esa violencia.
No me extraña que se acaben hartando de convivir con ellos.
¿No hay manera de hacerles entender que hay buenas personas que no quieren hacer les daño?